
Mora fue la razón por la que aprendimos a entender el lenguaje de los suspiros, esos gemiditos que soltaba cuando nos veía preparar la mochila para salir y que nos hacían volver a casa un poco más rápido cada día. Durante siete años nos enseñó que la felicidad verdadera estaba en las cosas simples, como acurrucarse en el sofá en las tardes lluviosas o perseguir las hojas que el viento traía al patio, con esa dedicación que solo ella sabía poner en todo lo que hacía. Dejó un vacío tan grande en nuestra casa que todavía miramos la puerta esperando escuchar sus pasos, porque Mora no era solo una parte de nuestra familia sino el hilo invisible que nos unía a todos los días más felices.
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