
Mora fue esos siete años de alegrías cotidianas, esas mañanas donde nos esperaba junto a la puerta con su forma peculiar de ronronear que más parecía un susurro, y esas tardes donde insistía en dormir acurrucada en nuestro regazo sin importar cuántas veces nos levantáramos. Vos tenías manías que se volvieron parte de nuestra rutina: ese ritual de seguirnos de habitación en habitación como si fueras la guardiana invisible de cada uno, y esa costumbre de recostarte sobre nuestros pies cuando algo en casa no te parecía del todo bien. Dejaste en esta casa un silencio diferente, ese vacío que solo dejan quienes fueron presencia constante, y ahora cada rincón guarda el recuerdo de tu existencia tranquila, de tu cariño sin pretensiones que nos enseñó qué significa realmente estar ahí para alguien.
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