
Mora tenía esa costumbre de esperar con la cabeza apoyada en el sofá cada vez que nos escuchaba preparar las llaves, como si supiera exactamente a dónde íbamos y quisiera recordarnos que volviera. Los sábados a la mañana corría por toda la casa buscando ese juguete gastado que escondíamos entre los cojines, y sus ladridos de entusiasmo eran la mejor forma de empezar el día. Desde que Mora se fue en 2019, los rincones de la casa quedaron más silenciosos y el patio extraña esas tardes donde simplemente estaba con nosotros, sin necesidad de palabras.
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