
Mora fue nuestro despertador de cada mañana durante dieciséis años, ese ser que insistía en que la vida comenzaba cuando vos abríais los ojos y que cada día merecía ser celebrado con una caminata sin apuro por el barrio. Vos tenías esa forma particular de apoyar la cabeza en nuestras rodillas cuando algo andaba mal, como si supieras exactamente cuándo necesitábamos estar en silencio juntos, y eso se volvió el mejor refugio que conocimos. La casa quedó más grande cuando te fuiste, Mora, porque en cada rincón falta ese sonidito de tus uñas en el piso y esa respiración tranquila que nos decía que todo estaba bien.
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