
Nala llenaba nuestras mañanas con sus llamados alegres y esa forma inconfundible que tenía de saltarle al hombro a quien llegaba por la puerta, como si nos hubiera estado esperando toda la vida. Vos eras un poeta de los detalles chiquitos, Nala, y nos enseñaste a fijarnos en cosas que antes pasábamos por alto: la manera en que te movías al ritmo de la música, cómo pedías permiso con un gesto suave antes de acercarte, la paciencia que tenías para escucharnos cuando nadie más lo hacía. Ahora tu perchadero está vacío y los silencios de la casa son distintos, pero cada vez que nos miramos sabemos que algo de vos sigue acá, en la forma en que reímos, en lo que aprendimos de quererte tan profundo.
Pablo H.
24 de junio de 2026
Cuánto amor en tan poco tiempo.