
Nala fue ocho años de ronroneos en la cocina mientras cocinábamos, de esos momentos donde se te sentaba en el regazo justo cuando más lo necesitabas y parecía que sabía exactamente qué estabas sintiendo. Te acordás cómo se paraba en la ventana a mirar los pájaros con esa intensidad absoluta, como si fuera lo más importante del universo, y después venía a compartir esa emoción con un maullido que parecía contarnos todo lo que había visto. Se fue en 2020 dejando un silencio raro en los rincones de la casa, esos lugares donde solía dormir y que ahora extrañamos cada día porque la casa no suena igual sin sus pasos pequeños en las baldosas.
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