
Nala fue nueve años de alegrías simples: las tardes en el patio esperando nuestros pasos, esos saltos de bienvenida que nunca nos cansaron de recibir, y la manera en que se acurrucaba entre nosotros en el sofá como si fuera el lugar más seguro del mundo. Vos tenías tus costumbres que se volvieron parte de nuestra rutina: las caminatas por el barrio donde todos te conocían, los juguetes rotos que cuidabas como tesoros, y esa forma particular de pedirte permiso con la mirada antes de subir a la cama. El silencio de tu ausencia nos enseñó cuánto espacio ocupabas en nuestros días, en nuestras risas, en esa sensación de ser esperados al llegar a casa que ahora extrañamos sin remedio.
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