
Nala fue la razón por la que aprendimos a desacelerar, esa perrita que se negaba a apurarse en los paseos y nos enseñaba cada mañana que había belleza en caminar lentamente por las mismas cuadras de siempre. Durante catorce años nos regaló la costumbre de sus rituales: esperar en la puerta cuando llegábamos, ese jadeo particular cuando le hablábamos en tono de secreto, y la forma en que se acomodaba en el sillón como si fuera la dueña de la casa. Hoy la casa guarda un silencio distinto, ese donde falta el sonido de sus pasos en las baldosas y la certeza de que siempre habría alguien feliz de vernos volver.
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