
Negra fue esa presencia silenciosa que se instalaba en nuestro regazo sin avisar, ronroneando como si guardara los secretos más antiguos de la casa durante sus trece años junto a nosotros. Tenía esa costumbre de esperarnos en el umbral cada vez que llegábamos, con esa forma particular de frotarse contra nuestras piernas que era su manera de decirnos que el día había valido la pena. Lo que más duele es ese vacío en los rincones donde solía dormir, en esos momentos tranquilos donde su compañía era todo lo que necesitábamos para sentirnos en casa.
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