
Negra llegó a nuestras vidas en 2015 y durante ocho años fue esa presencia que te saludaba cada vez que abrías la puerta como si fuera la primera vez que te veía, saltando y gimiendo de pura alegría sin importar si habías estado afuera cinco minutos o toda la tarde. Le encantaba buscar los lugares más incómodos de la casa para dormir, esos rincones raros donde nadie podría estar cómodo, pero ella se curveaba perfecta y se quedaba ahí ronqueando como si hubiera descubierto el mejor spot del mundo. Nos dejó un silencio en la casa que duele más cada día, ese silencio donde no está el sonido de sus patas en el piso cuando alguien llega, y extrañamos profundamente esa forma que tenía de amarnos sin pedir nada a cambio.
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