
Negrito fue ese ser que nos esperaba cada atardecer en la puerta, con sus saltos peculiares que parecían danzas propias, y que nos enseñó que la felicidad vivía en las cosas simples como una zanahoria compartida o un rincón tranquilo para descansar juntos. Vos tenías esa forma especial de pedirle perdón a la familia cuando habías hecho travesuras, rozando tu cabecita contra nuestras manos como si supieras exactamente qué decir sin palabras. En esos cinco años que compartimos tu presencia cambió nuestras rutinas diarias de un modo tan profundo que hoy el silencio en esos lugares donde vos estabas es lo que más duele, aunque la alegría que dejaste sigue viva en cada recuerdo.
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