
Negrito fue ese perro que te esperaba en la puerta cada vez que volvías, moviendo la cola con una urgencia que parecía decir que habían sido años en lugar de horas, y eso nunca cambió en los siete años que compartimos. Te acordás de cómo se tiraba al piso boca arriba cada vez que querías que entrara a bañarse, como si negociara con vos, y después salía contento oliendo a limpio y se iba directo a revolcarse en el patio para volver exactamente al mismo estado de antes. La casa quedó muda cuando te fuiste, sin esos sonidos que hacías al correr hacia la cocina cuando escuchabas abrir la heladera, sin tu manera particular de pedirle a cada uno de nosotros que te prestara atención, y dejaste un silencio que todavía duele.
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