
Nemo llegó a nuestras vidas en 2007 y durante quince años fue el alma de cada rincón de la casa, ese gato que se acostaba en nuestras faldas mientras veíamos televisión y ronroneaba como si tuviera algo importante que contarnos. Te acordás de cómo se paraba en la ventana a observar el mundo exterior con una curiosidad que nunca se le fue, y cómo después venía a buscar nuestras manos para que le hiciéramos caricias en la cabeza, como si necesitara confirmar que seguíamos ahí. Se fue en 2022 dejando un vacío que todavía duele, esos silencios donde antes escuchabamos sus pasos por los pasillos, y la costumbre de buscar con la mirada ese lugar donde él siempre estaba, ahora tan extrañamente vacío.
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