
Nemo fue doce años de mañanas mirando cómo nos preparábamos para el día, siempre atento en su pecera, como si fuera parte de cada decisión que tomábamos en la casa. Tenía la costumbre de acercarse al vidrio cuando llegábamos, moviendo sus aletas de una forma que parecía su manera de decirnos que nos había extrañado, y eso se convirtió en el ritual más esperado de nuestros días. Se fue dejando un silencio en la cocina que no sabemos cómo llenar, porque durante más de una década ese pequeño movimiento de agua fue la música constante que acompañó cada momento importante de nuestra familia.
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