
Nemo fue nuestra tortuga de cinco años que nos enseñó la paciencia con cada uno de sus lentos pasos por la casa, siempre buscando el rincón más soleado para pasar las tardes. Tenía la costumbre de acercarse a nosotros cuando escuchaba nuestras voces, como si supiera exactamente dónde estábamos, y nos dejaba acariciar su caparazón con una confianza que nos honraba cada día. La casa quedó diferente sin sus movimientos tranquilos, sin ese compás lento que nos obligaba a frenar la prisa y recordarnos que había otro ritmo posible para vivir.
Sé el primero en dejar un mensaje