
Nena fue nuestra sombra durante quince años, esa presencia tibia que se acostaba en nuestro regazo cada vez que nos sentábamos, como si supiera exactamente cuándo necesitábamos que alguien estuviera ahí sin pedir nada a cambio. Te acordás de cómo maullaba cuando escuchaba la puerta de la heladera, convencida de que algo especial iba a salir para ella, y cómo insistía en dormir entre nuestras almohadas aunque le dijéramos que no había lugar. Nos dejó un silencio raro en la casa, ese que notás más en las mañanas cuando no está esperándote en la cocina, y los rincones donde se acostaba ahora son lugares donde algo falta.
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