
Nena llegó a nuestras vidas en 2005 con esa manera única de saludar saltando en los brazos de quien entrara por la puerta, como si cada regreso fuera el más importante del mundo. Durante siete años nos enseñó que la felicidad era simple: una caminata al atardecer, acostarse en el sillón favorito con alguien al lado, y ese ritual de esperar en la ventana cuando nos veía partir. Se fue en 2012 dejando un silencio en la casa que todavía notamos cuando buscamos su peso tibio en la cama o cuando nos preparamos para salir sin poder ofrecerle esa correa que tanto amaba.
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