
Nena tenía esa costumbre de esperarte en la puerta con la cola como un metronómo, sin importar si te habías ido cinco minutos o cinco horas, y eso era lo primero que extrañamos cuando se fue en 2020. Los últimos años los pasó acostada en su rincón favorito del patio, mirando pasar el tiempo con esa sabiduría que solo tienen los perros viejos, y nosotros nos sentábamos a su lado a compartir ese silencio que decía más que cualquier palabra. Dejó un vacío raro en la casa, ese tipo de ausencia que te duele cuando abrís la puerta sin pensar y esperás escuchar sus pasos, o cuando el patio se queda demasiado tranquilo.
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