
Nina fue esa presencia tibia en casa durante ocho años, siempre esperándonos en la puerta con sus saltos característicos y ese modo particular que tenía de frotarse contra nuestras manos para pedir mimos. Te acordás cómo se instalaba en el sofá como si fuera su trono, observándolo todo con esa curiosidad infinita y ese humor silencioso que solo quienes la conocimos de verdad podíamos descifrar en sus ojos. Se fue dejando un hueco que no se llena, ese vacío en las rutinas diarias, en las risas de verla hacer travesuras, en la certeza de que alguien nos esperaba con ese amor sin condiciones que solo ella sabía dar.
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