
Odie fue ese gato que se despertaba con nosotros cada mañana maullando hasta que le servíamos el desayuno, como si fuera el dueño de la casa y nosotros sus empleados. Durante diez años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: una ventana soleada para dormir, nuestras manos para ronronear y esos momentos donde se sentaba en el regazo sin que lo pidiéramos. Hoy la casa sigue siendo la misma pero sin ese ritmo que Odie le daba, sin sus pasos en el pasillo y sin esos ojos que nos esperaban cada vez que volvíamos del trabajo.
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