
Odie llegó a nuestras vidas en 2005 y durante once años nos despertó cada mañana con sus ronroneos insistentes, exigiendo su desayuno con la terquedad de quien sabía que era el dueño de la casa. Vos tenías esa costumbre de dormir en el medio de la cama sin importar cuánto te corriéramos, y también eras experto en abrir las puertas de los armarios para investigar qué había adentro, siempre con ese aire de curiosidad que nunca perdiste. Desde que nos dejaste en 2016, la casa quedó en silencio, sin esos maullidos que tanto extrañamos y sin tu presencia cálida en los pies cuando dormíamos, dejando un vacío que solo quien ha vivido con un gato como vos puede entender.
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