
Odie tenía ese don de saber exactamente cuándo necesitábamos una cabeza apoyada en la rodilla o una lengüeta mojada en la cara, como si llevara un cronómetro invisible de los momentos difíciles que vivimos juntos. Las tardes en el patio se transformaban cuando vos llegabas del trabajo y ella saltaba la cerca imaginaria que separaba el aburrimiento de la pura alegría, esos rituales nuestros que ahora extrañamos cada maldita vez. Dejaste en la casa un silencio que los muebles no saben cómo llenar y un vacío en las rutinas diarias que duele de una manera que pocas cosas pueden, porque vos no fuiste solo una mascota sino el hilo que nos ataba a los momentos más simples y verdaderos.
facun
24 de junio de 2026
gracias
Gustavo L.
23 de junio de 2026
Qué hermosa historia. Se nota cuánto lo quisieron.