
Odie nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: en cada vez que nos escuchabas llegar a casa, en esos paseos donde vos marcabas el ritmo y nosotros simplemente te seguíamos, en las tardes de siesta acurrucado donde hubiera luz de sol. Tu forma de pedir permiso antes de subirte a la cama, ese modo delicado que tenías de apoyar la cabeza en nuestras manos cuando algo nos preocupaba, nos hizo entender que vos sabías perfectamente qué necesitábamos en cada momento. Dejaste un silencio en los rincones de la casa que todavía duele, en esos espacios donde solías esperar a que llegáramos, y en la rutina diaria que ya no será la misma sin tu presencia.
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