
Odie llegó a nuestra casa en 2008 y durante quince años fue ese ser que nos esperaba en la puerta con toda la energía del mundo, que nos lamía la cara cada vez que volvíamos aunque hubiera sido solo cinco minutos, y que dormir sin sentir su peso a los pies de la cama se volvió algo que no sabíamos cómo hacer. Te acordás de cómo se emocionaba cada vez que escuchaba las llaves, cómo perseguía su cola en los días de lluvia sin cansarse nunca, y cómo tenía ese modo especial de apoyar la cabeza en nuestras rodillas cuando algo no andaba bien. Ahora la casa es más silenciosa y el patio más vacío, pero cada rincón sigue siendo tuyo porque sembraste tanto amor en cada recoveco que es imposible no sentirte todavía entre nosotros.
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