
Odie fue quien nos enseñó que la felicidad verdadera existía en las cosas simples: esperarnos cada tarde en la puerta, dormir acurrucado en el sofá mientras veíamos películas y robar migajas de pan tostado de la mesa de desayuno con esa mirada de inocencia que nunca nos engañó pero que siempre nos hizo reír. Durante dieciséis años fuiste el testigo silencioso de nuestras vidas, el primero en acercarse cuando alguien llegaba triste a casa y el último en abandonar cualquier habitación donde estuviéramos, como si necesitaras asegurarte de que estábamos bien. Te vas dejando un silencio raro en las mañanas, ausencia de ladridos que reclamaban desayuno y un espacio en el patio donde ya no te veremos persiguiendo mariposas, pero quedás en cada recuerdo nuestro como parte de quiénes somos.
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