
Odie llegó a nuestras vidas en 2017 y durante siete años fue el que nos despertaba cada mañana con sus saltos en la cama, el que nos seguía de habitación en habitación como si fuéramos lo más importante del mundo, y el que nos enseñó que la felicidad podía ser tan simple como una pelota vieja y unas caricias en el lomo. Tenía esa costumbre de apoyar su cabeza en nuestras rodillas cuando algo nos preocupaba, como si entendiera exactamente cuándo necesitábamos su presencia, y nos hacía reír con esas cosas raras que hacía cuando creía que nadie lo miraba, esos momentos donde veíamos su personalidad más auténtica y divertida. Ahora la casa está más silenciosa, falta ese sonido de sus pasos en el piso de madera y esa energía que traía cada vez que volvíamos a casa, pero sabemos que los siete años que compartimos dej
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