
Odie llegó a nuestras vidas en 2015 y durante diez años fue ese ser que nos esperaba cada mañana con la misma energía, que nos seguía de cuarto en cuarto como si fuéramos lo más importante del mundo, y que tenía ese don especial de saber cuándo estábamos tristes para acercarse sin pedir nada a cambio. Recordamos sus costumbres con una ternura que duele: cómo se tumbaba en el rayo de sol de la tarde, cómo insistía en dormir en nuestras camas aunque le dijéramos que no, y esos paseos donde vos podías ver cómo disfrutaba de cada olor, cada encuentro, como si cada día fuera el primero de su vida. El silencio de la casa sin Odie nos enseñó que la compañía verdadera no se mide en palabras, y que dejó un vacío tan grande que los rincones que recorría ya no son los mismos, pero lo que
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