
Oso llegó a nuestras vidas en 2016 y durante ocho años fue el primero en saludarnos cada mañana con sus saltitos ansiosos, esperando ese momento sagrado en el que podíamos acariciar sus orejas mientras él cerraba los ojos de pura felicidad. Tenía esa costumbre adorable de recostarse boca arriba en el patio para sentir el sol, y después venía a apoyarse en nuestros pies como si quisiera decirnos que todo estaba bien en el mundo. Ahora la casa está más callada, pero cada vez que vemos su rinconcito favorito sabemos que nos dejó ocho años llenos de ese amor simple y verdadero que solo él sabía dar.
Martín S.
26 de junio de 2026
Siempre vive en quienes lo amaron.