
Oso fue nuestro despertador de cada mañana durante seis años, ese que nos buscaba en la cama con su nariz fría y nos obligaba a levantarnos con su entusiasmo contagioso que no permitía seguir durmiendo. Vos eras el que se tumbaba en nuestros pies cuando algo nos dolía, como si supieras exactamente cuándo necesitábamos sentirte cerca, y los domingos en el patio eran para vos porque ahí eras feliz persiguiendo las hojas. Dejaste un silencio muy grande en la casa, ese que duele cada vez que pasamos por los lugares donde solías estar esperándonos.
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