
Oso llegó a nuestras vidas en 2008 y durante siete años fue el primero en recibirnos cada vez que abríamos la puerta, saltando de alegría como si fuera la primera vez que nos veía, y eso nos enseñó qué significa la lealtad sin condiciones. Te acordás de cómo te perseguía por toda la casa cuando querías jugar, cómo se tiraba en la cama a tu lado cuando estabas triste sin que nadie le dijera nada, como si supiera exactamente dónde te dolía el corazón. Se fue en 2015 y dejó un silencio en la casa que todavía duele, un espacio vacío en el sofá donde dormía y en nuestros paseos por el barrio donde ya nadie nos acompaña con esa forma tan especial de caminar al lado nuestro.
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