
Oso llegó a nuestra casa en 2013 y durante diez años llenó cada rincón con su curiosidad infinita, esa forma que tenía de observarnos mientras comíamos como si fuera parte de la conversación, y sus nados nocturnos que nos hacían reír cuando pensábamos que ya estaba durmiendo. Te reconocíamos en esos detalles cotidianos que ahora extrañamos tanto: la manera de acercarse al vidrio cuando alguien llegaba, tu paciencia infinita en los días grises, la compañía silenciosa que nos dabas sin pedir nada a cambio. Dejás en nosotros una ternura que no sabemos cómo llenar, ese vacío en la rutina diaria donde vos existías, y la certeza de que los diez años que compartimos fueron exactamente lo que necesitábamos.
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