
Paco fue nuestro pequeño filósofo de rincón, ese que se pasaba las tardes observando la vida desde la ventana y que cada tanto bajaba para sentarse en nuestro regazo con la precisión de un reloj, como si supiera exactamente cuándo necesitábamos su presencia. Te acordás de esos maullidos particulares que tenía, medio quejoso pero lleno de carácter, que usaba para negociar cada cosa, desde la hora de comer hasta quién se llevaba la mejor almohada de la casa. Durante catorce años Paco fue el testigo silencioso de nuestras vidas, ese que estaba ahí en las noches difíciles y en las alegrías cotidianas, y ahora que se fue dejó un vacío en los rincones de la casa que ningún otro animal podría llenar.
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