
Paco llegó a nuestras vidas en 2013 y durante ocho años fue el primero en saludarnos cuando abríamos la puerta, moviendo la cola con una alegría que no necesitaba explicaciones y que contagiaba hasta los días más grises. Tenía esa costumbre de apoyar la cabeza en nuestras rodillas mientras miraba la tele, como si supiera exactamente cuándo necesitábamos sentir su peso cálido al lado, y esos momentos sin prisa se convirtieron en los más preciados que compartimos juntos. Cuando Paco se fue en 2021, dejó un silencio que todavía resuena en la casa, ese espacio vacío junto a la ventana donde acostumbraba esperar nuestro regreso, y cada día seguimos buscando ese sonido de sus patas en el piso que hoy ya no podemos escuchar.
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