
Paco llegó a nuestras vidas en 2012 y durante una década nos despertó cada mañana con sus saltos de alegría, ese ritual que nunca nos cansamos de recibir y que hoy extrañamos en cada amanecer. Vos eras el que nos esperaba en la puerta cuando volvíamos, el que dormía acurrucado en los pies de la cama en las noches de tormenta y el que nos obligaba a salir a caminar sin importar el clima, enseñándonos a vivir el presente. Dejaste un vacío que no se llena en esta casa, Paco, porque cada rincón guarda una de tus costumbres, cada paseo por el barrio sigue siendo tuyo y en el silencio de las tardes sentimos los pasos que ya no resuenan.
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