
Paco fue esa presencia constante que nos esperaba cada día en la puerta, con su forma particular de saludar moviendo todo el cuerpo porque la cola no le alcanzaba para expresar la alegría de vernos llegar. Tenía el hábito de seguirnos de cuarto en cuarto como si fuera parte de su responsabilidad cuidarnos, y en las tardes se acostaba en ese rincón donde entraba el sol, ronroneando bajito mientras nosotros hacíamos vida alrededor suyo. Durante quince años dejó sus marcas por toda la casa, en nuestros corazones y en esa forma de entender el silencio que solo los perros saben dar, y ahora el hogar tiene un vacío que ningún otro sonido logra llenar.
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