
Pancho fue ese gato que se instalaba en nuestro regazo apenas nos sentábamos, ronroneando como motor mientras nos miraba con esos ojos que parecían entender cada palabra que le decíamos. Durante ocho años nos enseñó a desacelerar, a valorar las tardes lentas en el patio y esas noches donde lo único que importaba era su calidez junto a nosotros en la cama. Se fue en 2015 dejando un silencio particular en la casa, el vacío de esos pequeños rituales diarios que solo él sabía llenar con su presencia tranquila y su forma inconfundible de amarnos sin pedir nada a cambio.
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