
Pancho fue nuestro despertador de alegría durante nueve años, ese perro que se tiraba al piso cada vez que llegábamos a casa como si no nos hubiera visto en años, aunque apenas había pasado una hora. Vos eras el primero en saber cuándo alguien estaba triste en la casa, te acercabas sin que nadie te lo pidiera y apoyabas la cabeza en la rodilla hasta que las lágrimas se secaban. La casa ahora tiene silencios que antes no existían, esos momentos donde esperamos escuchar tus uñas en el piso o sentir tu respiración cerca, y es en esos vacíos donde más falta hacés.
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