
Pancho fue ese perro que te esperaba cada tarde en la puerta con una energía que contagiaba, siempre listo para cualquier aventura por más pequeña que fuera, y que tenía la rara habilidad de saber exactamente cuándo vos necesitabas su cabeza apoyada en tu falda sin que le pidieras nada. Durante once años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: una caminata al atardecer, compartir el sofá los domingos lluvia mediante, y esos momentos donde se quedaba mirándote fijo como si tuviera algo importante que decirte pero no encontraba las palabras. Dejó un silencio raro en la casa, ese tipo de ausencia que duele porque te acostumbraste a su respiración de fondo, a sus movimientos predecibles, a ser el centro de su universo en una forma tan honesta que no sabíamos que tanto lo necesitábamos.
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