
Pancho fue nuestro despertador de alegría durante catorce años, ese que se tiraba al piso con la barriga al aire cada vez que llegábamos a casa, sin importar si habían pasado cinco minutos o cinco horas. Sus caminatas por el barrio eran rituales sagrados donde paraba en cada árbol como si tuviera que saludar personalmente a toda la cuadra, y nosotros aprendimos a vivir al ritmo de sus necesidades y sus ganas de explorar. La casa está silenciosa ahora de una manera que duele, porque falta ese ruido de sus uñas en el piso, esa respiración tranquila mientras dormía en su rincón favorito, y esa forma que tenía de apoyar la cabeza en nuestras rodillas cuando algo andaba mal.
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