
Pecas tenía ese don de aparecer justo cuando más la necesitábamos, saltando a nuestro regazo en los momentos grises y ronroneando como si supiera exactamente qué estábamos sintiendo. Sus tardes eran rituales sagrados: primero vigilaba desde la ventana quién pasaba por la calle, después se instalaba en la cocina esperando que alguien abriera la heladera, y terminaba acurrucada en ese rincón del sofá donde el sol golpeaba justo a las cinco. Se fue en 2024 y dejó un silencio distinto en casa, ese que solo entienden quienes alguna vez escucharon sus ronroneos como la banda sonora de su vida cotidiana.
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