
Pecas fue esa presencia silenciosa que nos esperaba cada tarde junto a la puerta, con esa forma particular de apoyar la cabeza en nuestras rodillas cuando algo nos preocupaba, como si supiera exactamente cuándo necesitábamos su quietud. Tenía un ritual sagrado con el patio después de lluvia, donde saltaba entre los charcos con una alegría tan contagiosa que nos hacía reír incluso en los días más grises. Su ausencia dejó un silencio en la casa que todavía duele, ese espacio vacío donde solía dormir, esos paseos que ya no hacemos, esa mirada que no vuelve.
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