
Pelado fue nuestro pequeño revoltoso durante doce años, ese que cada mañana te saltaba en la cama con sus brincos incontrolables y se robaba las verduras del plato si no lo vigilabas de cerca, llenando cada día de sus ocurrencias y su amor sin filtro. Te amábamos verlo relajarse en las tardes de sol en el patio, ese momento donde cerraba los ojos y parecía que nada en el mundo existía más que ese bienestar, y cómo venía a buscar nuestras manos para que lo acariciáramos hasta quedarse dormido. Dejaste un vacío en la casa que no se llena fácilmente, Pelado, ese hueco en la rutina diaria de quererte, en las risas que te sacabas con tus cosas raras, en saber que estabas ahí esperándonos cada vez que volvíamos a casa.
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