
Pelado fue el conejito que nos enseñó a ver el mundo desde el piso, con esa curiosidad infinita de quien quiere investigar cada rincón de la casa y masticar todo lo que se le cruza por el camino. Te acuerdas de cómo saltaba en círculos cuando te veía llegar, ese brinqueteo inconfundible que significaba pura alegría, y cómo insistías en dormir acurrucado en nuestros pies apenas caía la tarde. Esos diez años dejaron un vacío particular en la casa, el de alguien tan pequeño que llegó a ocupar un espacio enorme en nuestros corazones, y hoy seguimos buscándote en los rincones donde solías estar.
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