
Pelado llegó a nuestra casa en 2014 y durante nueve años fue ese ser que te esperaba en la puerta con la cola de forma de interrogación, que pedía permiso antes de subirse al sofá y que tenía un ritual sagrado de perseguir su propia sombra cuando el sol entraba por la ventana de la tarde. Nos enseñó que la felicidad podía ser tan simple como una caminata lenta por la cuadra, un rasguño detrás de las orejas o estar acostado en silencio mientras vos hacías tus cosas, acompañando sin necesidad de palabras. Cuando te fuiste dejaste un hueco que respira en cada rincón de la casa, en esos espacios donde solías estar, en la quietud de las mañanas donde ya no escuchamos tus pasos, y en el corazón de toda tu familia que nunca va a dejar de extrañarte.
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