
Pelusa llegó a nuestras vidas en 2012 con esa manera inconfundible de recibir el amanecer, saltando de rama en rama en la cocina mientras nosotros apenas abríamos los ojos, como si fuera su responsabilidad despertarnos con alegría cada mañana. Durante diez años nos enseñó a entender su lenguaje de silbidos, sus giros nerviosos cuando algo le preocupaba y esa costumbre de acercarse a nuestras caras para darnos pequeños picotazos de cariño que parecían insultos pero eran lo más parecido a un beso que podía darnos. Cuando Pelusa se fue en 2022, quedó un silencio en la casa que ni los pájaros de afuera logran llenar, y descubrimos que hay espacios que no se ocupan con cosas sino con la presencia de quién fue parte de nuestros días desde el primer café hasta antes de dormir.
Carlos Suárez
17 de febrero de 2026
Te mando fuerza. Sé lo que es.
Ezequiel Pereyra
25 de agosto de 2025
Que lindo fue tenerlo aunque haya sido poco tiempo.
Camila Quiroga
19 de abril de 2025
Un abrazo. No hay palabras para este dolor.
Cristian Muñoz
12 de abril de 2025
Estos peluditos se llevan un pedazo del corazón.
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