
Pelusa fue durante catorce años el corazón saltarín de nuestra casa, ese ser que nos esperaba cada atardecer con sus brincos de alegría y sus ojitos brillantes cuando escuchaba nuestros pasos en la puerta. Vos eras nuestro despertador tierno, ese que nos encontrábamos en la cocina a las cinco de la mañana pidiendo su desayuno con esos pequeños gruñiditos que solo vos sabías hacer, y que nos hacía sonreír incluso en los días más grises. En estos días sin vos la casa respira diferente, porque dejaste un vacío que no es tristeza solamente sino la ausencia de esa certeza de saber que alguien nos esperaba con todo el amor del mundo, sin pedir nada más que estar juntos.
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