
Pelusa era ese gato que se dormía en tu falda cada vez que te sentabas, ronroneando como motor viejo mientras vos mirabas televisión, y que nos enseñó que la felicidad podía ser tan simple como estar juntos en la misma habitación. Durante quince años nos despertó con sus maullidos de gato hambriento, nos siguió por toda la casa como si fuera nuestro guardaespaldas felino, y se metía debajo de las sábanas cuando alguno de nosotros estaba triste, como si supiera exactamente lo que necesitábamos. Ahora la casa tiene un silencio que duele, esos rincones donde le gustaba echarse quedan vacíos, y nos falta su presencia constante para recordarnos que estuvo aquí, que fue parte de nuestros días, y que dejó un hueco que ningún otro gato podría llenar.
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