
Pelusa fue quien nos enseñó que la felicidad verdadera estaba en los detalles más simples, como ronronear en la ventana mientras miraba pasar los pájaros o seguirnos de cuarto en cuarto sin perderse ni un momento de nuestras vidas cotidianas. Sos parte de nuestras rutinas diarias todavía, en la forma que teníamos de arreglarte la cola cuando pasabas entre nuestras piernas, en esos maullidos particulares que solo vos hacías para reclamarnos atención a media tarde. Durante dieciséis años nos diste la compañía silenciosa de quien elige estar ahí, en los buenos momentos y en esos días grises cuando lo único que pedíamos era sentir tu peso tibio sobre nuestras rodillas.
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