
Pelusa fue esa presencia silenciosa que cada mañana nos esperaba en la cocina con su ronroneo inconfundible, acompañándonos en los desayunos y en esas tardes cuando la casa se sentía demasiado callada. Te acordás cómo se enroscaba en nuestras piernas cuando llegábamos del trabajo, como si hubiera contado los minutos, y cómo insistía en dormir entre nosotros aunque le diéramos todo el espacio del mundo. En estos trece años nos enseñó que el cariño no necesita palabras, solo ese ronroneo constante que ahora extrañamos en el rincón donde vos siempre dormías.
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