
Pelusa llegó a nuestras vidas en 2015 y desde ese primer día nos enseñó que la felicidad más pura estaba en las cosas simples: un paseo por la manzana, dormir en el sofá con alguien al lado, y ese ritual sagrado de esperarnos en la puerta cada vez que nos íbamos. Vos tenías la particularidad de saber exactamente cuándo alguien en la casa estaba triste y ahí eras vos, sin pedir nada, acercándote para que te acariciemos un poco, como si supieras que eso nos salvaba de los días grises. Durante cinco años fuiste el corazón de este hogar y hoy, a cinco años de tu partida, seguimos extrañando esa forma única que tenías de mirar, esa manera de estar presente sin hacer ruido, y ese espacio que dejaste en nuestro pecho que nadie va a poder llenar.
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